Por: Alejandro Caravario
El responsable sobresaliente del triunfo de Inter frente a Bayern Munich en la final de la Champions League fue Diego Milito. Dos intervenciones que combinaron potencia y buen pie (en especial el segundo gol) le dieron la ventaja consagratoria al equipo italiano, en un partido –todo hay que decirlo– de una modestia no del todo apropiada para el capítulo decisivo del torneo de clubes más importante del mundo. La imagen de Milito, forzosamente, ilustró la gran victoria. Y la copa, claro, y la montonera de la celebración. No obstante, el gran ganador parece haber sido el entrenador José Mourinho.
Las razones son diversas. Por un lado, se trata de un personaje carismático, coleccionista de frases ingeniosas y agresivas, arrogante, expresivo y bien vestido. Un gran animador del show, entonces, capaz de chupar toda la atención.
Pero no es sólo eso. Su protagonismo no se queda en lo gestual. Este modelo de movilidad social de alto rango (entrenador escolar, luego traductor de entrenadores y, finalmente, DT con todas las letras), además de llevar equipos a ganar títulos (Porto y Chelsea fueron su gran plataforma), ha construido con paciencia la idea (muy difundida, por cierto) del fútbol hecho por entrenadores.
Se ha cuidado, en otras palabras, de quedarse con la parte del león. Alguna operación simbólica, prevista por una inteligencia muy aguda como la de Mourinho, ha instalado la certeza de que ciertos sistemas, ciertos entrenadores, logran imponerse con independencia de la capacidad y el perfil del plantel que dirigen. Es decir, la consolidación del fútbol abstracto, prolongación mecánica de las cavilaciones tácticas de un par de fulanos.
Si alguien se tomara el trabajo de repasar cómo fue vendida la final de la Champions, encontraría una gran cantidad de titulares periodísticos dominados por el duelo Mourinho-Van Gaal. Un ajedrez de iluminados, una confrontación de planes, como una licitación.
Mourinho, por lo demás, provee pasto fértil para quienes pretenden politizar los resultados. Fernando Niembro es un ejemplo a la mano. Antihéroe por propia decisión, defensor del juego prosaico, ríspido y deslucido (por vocación de polemista, no porque le guste, a nadie le gusta eso), Niembro se cansó de elogiar al equipo de Mourinho por practicar como ninguno las artes de la defensa.
Pamplinas. La semifinal ante el Barcelona en el Camp Nou fue una estafa. El Inter de Mourinho estuvo cerca del delito. Abogó por la muerte de un juego por demás entretenido, lleno de matices y emociones. Niembro lo sabe a la perfección, pero en su apología de la patraña cree sumar un poroto en el debate con la vereda romántica. Y, si cabe, armar un poco de quilombo, su gran debilidad profesional.
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