Por: Héctor González
Que el entrenador Miguel Ángel Lotina no quisiera al mexicano Omar Bravo en el Deportivo La Coruña ahora es circunstancial; el temperamental DT ya estaba cuando el delantero decidió aventarse como el borras, y sin paracaídas, a una aventura que de principio olía mal.
No había duda de que a Bravo, si bien no le iría así de pésimo finalmente le fue, sí cuando menos no le iría de maravillas ni tendría trato de ídolo. Argumentos los hay. El principal, así sea subjetivo, es que fuera del Guadalajara es un don nadie.
Fue un don nadie en el Dépor, lo fue en Tigres (se la pasó más tiempo lesionado que en la cancha y hasta acabó siendo odiado por los seguidores de la UANL) y persistentemente se ha empeñado en demostrar que es un don nadie en la selección nacional de futbol. Él sí nació para maceta.
En Chivas volverá a triunfar, ¿por qué? porque es de esa clase de futbolistas chaparros -y no en el sentido literal; su esttura nada tiene que ver con sus cualidades técnicas- que se identifican tanto con los estilos de un club -y sólo uno-, o una institución, que fuera de ella ya no se encuentran… también es una falta clara de carácter, de inmadurez profesional. En el Dépor ni el habilidoso Andrés Guardado pudo meter las manos por él. ¿Para qué?


