Por: Jorge Ché Ventura
Han pasado más de 10 años de competencia interclubes fuera de nuestras fronteras que a veces nos acorralan en una irrealidad. Sólo participando en torneos internacionales es como podremos medir los alcances de una superación que nadie niega. Pero la Copa Libertadores a la que tanto costó llegar, en dinero y gestiones, en tiempo y fracasos, no acaba en ser absorbida por el futbol mexicano.
Allá en Sudamérica priorizan al campeonato continental por encima de sus opciones nacionales. Entienden que es una vitrina iluminada hacia Europa, que el roce internacional permite la superación en todos los aspectos.
Aquí el campeón Monterrey, en una de las pocas ocasiones en que se puede mandar al mejor equipo a la máxima competencia – porque las obligaciones con la Concacaf gestan una InterLiga del cual surgen los que no son mejores – pues prefirió dejar siete titulares para el Clásico del Norte y así le fue en Sao Paulo, en Brasil, con un natural 0-2.
A la vez que Morelia, otro de los que regresaron protestando el arbitraje sudamericano -si bien el salto de Aldrete sobre un banfileño argentino fue temeraria con el brazo extendido- no tuvo el temple para soportar una expulsión, sobre la cual vino el primero de los dos goles con que sucumbieron en el pequeño reducto barrial del sorprendente campeón argentino, si bien fue apenas por 2-1.
Hay que aprender a jugar fuera de casa, hay que entender las presiones de los árbitros en un ambiente caldeado, hay que comprender la dimensión de la Copa Libertadores generando tanta tensión, tamaña fricción. No ir con el prejuicio por los arbitrajes que tienden a ser localistas por la misma y caldeada circunstancia.


